martes, 06 de enero de 2009 Buscar

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14/03/2007

Ignacio Selgas

The Zone: se acabó el espectáculo

La última vez que choqué con él fue en el Call of Duty 3. Reconozco que me estaba gustando la experiencia de abandonarme a esa especie de raíles invisibles con los que se guía al jugador en algunos juegos. Ve por aquí. Dispara a esos. Mira esto. La serie Call of Duty se caracteriza por escenas espectaculares que parecen sacadas de una película de guerra y de las que, de alguna manera, te obligan a ser espectador. Algunos desarrolladores parecen tener cierta tendencia a encasquetarse la boinita de director de cine y aturden al jugador con escenas impactantes, cuidadosamente coreografiadas, donde la libertad de acción es nula o casi nula.

Siempre será mejor que una soporífera cutscene, claro, pero a mí nunca me ha gustado que me lleven de las orejas ni que me tracen caminos demasiado evidentes… sobretodo cuando Half Life 2 hace tiempo que nos enseñó a todos cómo había que hacer las cosas: con sutileza. En Call of Duty no hay mucha sutileza. «¿Quién quiere sutileza? ¡Metamos más cañonazos! ¡Panzers de la muerte! ¡Que exploten hasta las vacas!», pensarán sus responsables.

Y lo cierto es que no está tan mal. El espectáculo está bastante logrado, sobretodo si tienes uno de esos sonidos envolventes que hacen que te tiemblen hasta los dientes, y a uno al rato se le olvida que aquello es poco más que una galería de tiro interactiva. Y entonces ocurre.

Suele pillarte detrás de un seto, en un extremo del mapa. No lo oyes venir, porque está quieto. No lo puedes ver, porque es invisible. Y no te va a dejar pasar, porque es un muro. Un puto muro invisible. Nada te saca más del juego que ver un camino libre y no poder tomarlo porque te lo impide esa especie de plasmación sobrenatural salida del día de más vago del diseñador de niveles más incompetente. Algunas veces les ponen una texturita, algo de mobiliario, intentando que no se note. Otras veces, simplemente, los dejan ahí, flotando, invisibles. Letales. Tus botitas de soldado patearan impotentes el aire y no avanzarás un milímetro, pues has caído en brazos del asesino más letal de todo intento de realismo. No hay suspensión de la incredulidad que resista el ataque de un muro invisible.

Es como si la caja del juego te saltara de pronto a la cara y se te metiera en la boca gritando «Eh, tío, ¡mira! ¡Sólo soy un juego!». Adiós, sonido envolvente. Adiós, panzers de la muerte. Adiós, espectáculo cinematográfico. Yo ya sólo «veo» el muro invisible.

 

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