Todo en el sonriente actor está cuidadosamente escogido para generar confi anza en el espectador: su sonrisa perfecta y blanca, sus uñas cuidadas, su entonación viril y segura... La combinación de chaqueta y pantalón vaquero representa un equilibrio perfecto entre seriedad y campechanería. El pelo negrísimo, la talla baja y el moreno aceitunado lo caracterizan como uno de los nuestros: un amigo español. El actor se pasea por unos verdes campos de golf. Casitas blancas puntúan el paisaje en hileras idénticas, separadas por piscinas y pistas de tenis. Familias perfectas disfrutan de barbacoas bajas en sal. Durante el día, el padre lee la prensa deportiva y juega al golf, mientras la madre, una modelo veinteañera de 35 años, se relaja en el spa o juega con la pareja de rollizos, sanos y ¡rubios! hijos que ha engendrado para deleite del pater familias.
Todo es perfecto en Marina D’Or, ciudad privada que parece salida de una pesadilla de Will Wright, el mago de Sim City. Esta «ciudad de vacaciones» es siniestramente parecida a las «archologies » de Sim City, concepto tomado por Wright de la arquitectura utópica: grandes esferas autosufi cientes y no contaminantes donde la población de nuestras ciudades simuladas se agrupa al llegar a determinado nivel económico-tecnologíco. Estas mega-colmenas, aisladas del exterior y con leyes propias, han poblado la cultura popular como grado último del ordenamiento urbano: las encontramos en Civilization y Afterlife; volveremos a verlas en Spore; Rapture, la ciudad de Bioshock, es una arcología submarina; y en la novela Super Cannes de J.G. Ballard encontramos la versión más siniestra de tan asfixiante concepto.
Ahora llega el buen tiempo: con un infierno de tiempo libre por delante, no serán pocos quienes se encierren en sus tristes arcologías unipersonales, burbujas supuestamente autosufi cientes que te libran de las frustraciones de la vida real y de sus nínfulas de piscina. He visto fotos en foros que me ha roto el corazón: comida basura, rollo de papel higiénico, consolas y un LCD de los malos, colocado todo sobre unos muebles con motivos marineros de dormitorio adolescente. Nuestro hobby nunca debería confundir escapismo con desesperación. Cálcense un bañador y, este verano, digan no a la arcología consolera.